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Duele hasta el alma

Sandra Delgado López, Mtra. en Psicología
Psicoterapeuta Infantil
mail: [email protected]

Las heridas de la violencia emocional parecen invisibles, pero si les hacemos un ‘close-up’ estilo Alfred Hitchcock, veremos que son muy notorias y profundas.

¿Alguna vez te has relacionado con alguien que te hace sentir continuamente torpe o culpable, que te critica o se burla de ti? ¿Has convivido con una persona que devalúa lo que dices o que guarda información que le has compartido para utilizarla contra ti cuando está enojada? ¿Alguien te controla y te hace sentir que no sabes tomar decisiones? ¿Percibes que ya no te ama e incluso le tienes miedo?
Si tú o alguien que conoces ha sido tratado de esta manera de forma reiterada, estamos ante una relación en la que se ha ejercido lo que conocemos como violencia emocional, también llamada violencia psicológica.

No se trata de un moretón, un ardor derivado de un jaloneo, pellizco o un golpe, así que la piel no siente ardor o el cuerpo algo que punza, pero duele hasta el alma, hace que tu corazón palpite aceleradamente, te hace dudar de ti mismo, incluso puedes llegar a sentirte como desintegrado (hecho pedacitos) y, poco a poco, empezar a generar cada vez una mayor dependencia emocional hacia esa persona hasta confiar más en lo que te dice acerca de tu persona que lo que pensabas sobre ti.

La violencia emocional consiste en un patrón de conducta psicológicamente destructivo que se manifiesta mediante cinco formas: rechazar, aislar, aterrorizar, ignorar y corromper y, en general, suele ser muy difícil de identificar y describir por las personas que lo viven. En parte, porque es una violencia ejercida por una persona con quien se tiene una relación amorosa y estrecha como lo es el novio o novia, el esposo o esposa, el padre o madre y porque en el discurso de quien ejerce esta violencia siempre hay argumentos que justifican sus conductas con frases como “te celo porque te quiero”, “todo lo que hago es por tu bien, para protegerte”, etc.

De tal manera que ésta suele ser una relación en la que se permanece por mucho tiempo (en el caso de los niños con sus padres debido a la total dependencia de los menores), y los daños a nivel psicoemocional que van quedando en la víctima suelen ser devastadores y con permanencia a largo plazo. Entre muchas otras secuelas podemos describir las siguientes:

  1. Queda herida la autoestima y como consecuencia se vive con una desconfianza plena en las capacidades propias, una gran dificultad para tomar decisiones y sentirse tranquilo con lo que se ha logrado.
  2. Existe un profundo miedo a establecer nuevas relaciones y, en las que se crean, suele haber un patrón de violencia (no sólo emocional). De hecho, está probado que los niños que vivieron violencia en su infancia por parte de sus padres o tutores continúan dicho patrón de relación en el noviazgo y matrimonio.
  3. Lleva al aislamiento, presenta dificultad para detectar adecuadamente las señales de afecto y violencia, así como para defender sus derechos, responder de manera asertiva, tendiendo a responder de manera impulsiva ante el enojo o la ira.
  4. Con frecuencia se tiene una visión negativa de la vida, con poca confianza en las personas y alta predisposición a padecer de ansiedad y depresión, independientemente de la edad (niños, adolescentes o adultos).

Si sabes o sospechas que eres víctima de este tipo de maltrato, pide ayuda a un especialista. Toma en cuenta que quienes ejercen esta violencia son personas con trastornos psiquiátricos; por lo tanto, esperar a que cambien es esperar demasiado y curar las heridas por este tipo de violencia lleva tiempo, pero es posible recuperarte y redireccionar tu camino.