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Papá ya no es el mismo de antes

Sandra Delgado López

Mtra. en Psicología Infantil

Psicoterapeuta infantil

delgadosandra188qgmail.com

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“Ese 7 de julio todo parecía normal, ya sabes, te levantas, vas a la escuela, a la salida te recoge mamá, vas a comer y después…la tele o algún deporte. Pero mamá llegó dos horas más tarde y me dijo ‘papá está mal, está hospitalizado’. Yo no entendí. ¿Mal? ¿Hospitalizado? ¿Qué es eso?”

Pensemos cómo un infante vive una situación en la que un padre sufre una pérdida o alteración en su cuerpo. Actualmente en México la diabetes ocasiona 70 mil amputaciones al año, además de provocar ceguera; aproximadamente 56% de las personas que sobreviven a un EVC (Evento Vascular Cerebral) presentan discapacidad grave hasta 30 días después del evento agudo, y se estima que cada día son hospitalizados mil 700 personas con lesiones severas por accidentes automovilísticos y más de 100 enfrentan discapacidad por la misma causa. Sin dejar de lado la discapacidad social que es la limitación de las personas que presentan disfunciones temporales o permanentes de la mente para realizar una o más actividades cotidianas, causada principalmente por: depresión, trastorno de ansiedad, psicosis, trastorno bipolar, esquizofrenia, trastorno esquizo-afectivo.

Muchas de estas personas pueden ser un padre o madre de familia, cuyos hijos pueden pasar por lo siguiente: “Papá no estaba en casa, no me daba mi besito por las noches, ni me llamaba por teléfono. Y mamá estaba y no estaba. No estaba porque se la pasaba metida en el hospital con papá y cuando estaba se veía pensativa y enojaba. A veces creo que lloraba por dentro”.

Y los adultos a su alrededor, ocupados en la emergencia, con la misma incertidumbre y tal vez sin saber muy bien qué hacer, se ocupan poco, no sólo de informar a los niños acerca de lo que ocurre, sino también de lo que tanto grandes como pequeños están sintiendo. Por lo que, siguiendo a la pequeña de nuestra historia…

“Pasaron 30 días y por fin papá salió, pero nunca más fue el mismo. Papá no podía moverse, así que con su llegada a casa supe lo que era la discapacidad y todo lo que eso movería en mi familia. Mamá no tenía el mismo tiempo para mí, pues ahora papá necesitaba ayuda para bañarse y alimentarse y yo empecé a tener que hacer cosas que no hacía antes como darle tranquilidad a mi corazón cuando lo sentía lleno de tristeza, que era algo que papá y mamá hacían antes”.

“La discapacidad para mí quiere decir que papá ya no podrá mover su cuerpo como antes, pero tampoco es el papá bromista del que yo me despedí aquel 7 de julio, habla como raro y, aunque a él no le gusta platicar de esto, yo ya me di cuenta que nunca más podrá volver a volar un papalote conmigo, ni subiremos al Tepozteco, ni tratará de alcanzarme mientras ando en bicicleta. Aunque… ahora que han pasado varios meses y ya todos nos acomodamos a vivir así, lo prefiero mil veces vivo porque valoro al papá que me lee en las noches, que me felicita por ganarle a la lotería y con quien sigo disfrutando comer palomitas en el cine”.

Resulta importante considerar que con la “llegada” de la discapacidad, cada uno de los miembros de la familia cursará por un periodo de duelo, que traerá consigo sentimientos de enojo, tristeza y frustración. Este momento, representará para cada uno de los integrantes, reconocer su capacidad de adaptación al cambio y, en caso de que resulte significativamente difícil, será necesario acudir con un especialista para que los ayude en este proceso.

Si tú o alguien cercano se encuentra en una situación parecida a esta, tal vez un par de sugerencias puedan ayudar:

  • Conviene hablar abiertamente del tema. Esto contribuye a que el infante sepa que la familia está dispuesta a escuchar sus temores, intereses, inquietudes, deseos. Hablar abierta y claramente sobre la enfermedad y la discapacidad ayudará a tener más claridad sobre lo que puede o no suceder, disminuyendo las fantasías catastróficas en el infante.
  • Hacer el “trabajo” de duelo. Asumir que ha habido pérdidas, ya sea económicas, de salud, corporales, laborales, de autonomía e independencia, de estabilidad emocional, etc.  A la vez, resulta beneficioso que la familia retome, junto con el infante, lo que no ha cambiado y es significativo para ellos, así como todo lo que se “movió” pero que, probablemente, incluso sea mejor de lo que era antes.
  • No olvides que los niños sienten, piensan y desean. Y que necesitan seguir jugando porque es su mejor herramienta para afrontar la realidad, así como de poder escapar un poco de ella, de volver a reír y compartir con alguien más la energía de la vida que les recuerda que es posible seguir adelante.

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